La caída de los héroes históricos de una sociedad es algo impensable a cualquier nivel. Es difícil imaginar que Cristobal Colón no era tan ‘conquistador’, que los próceres de la patria cometieron crímenes considerados de lesa humanidad en aras de la ‘libertad’ o que un jugador de cualquier deporte resulte acusado de violencia intrafamiliar.

En Colombia, no hace mucho se derribaron las efigies de Sebastián de Belalcázar, de Cristobal Colón y otros héroes históricos. Este hecho más allá de ser una anécdota del reflejo de la sociedad que se está ‘revaluando’, hay que ver que algunos de estos pálidos héroes, para muchos, son recordados en monumentos, en el nombre de fundaciones o cualquier calle de la ciudad.

Hace unas semanas en Barcelona, las alumnas de María Llopis, tras recibir una clase de historia del arte, decidieron entrar al Museu Picasso de Barcelona y con mensajes en sus camisetas, señalaron que el pintor maltrataba a las mujeres y solicitaron corregir su biografía para incluir su faceta de violencia hacia las mujeres.

No se trataba de juzgar ni de pedir la cancelación de su obra, sino de aportar un dato a los visitantes, aparte de llamar la atención sobre un hecho que no es nada menor en la vida de cualquiera.

«Sería bonito que el museo reflexionara de manera honesta y valiente sobre el hecho de que Picasso fue un maltratador, incluyera esta información en sus exposiciones temporales y reivindicara la obra de las artistas que estuvieron con él», explica Llopis.

La acción, radical y de una profunda carga simbólica, pone sobre la mesa uno de los retos actuales de los museos: cómo contextualizar la obra de artistas con una vertiente problemática. Y no solo en cuestiones de género, sino a la hora de abordar un pasado colonial o incluso la memoria histórica. El corrimiento de tierras que sacude los muros de las instituciones culturales empieza cuestionando la idea misma de genio, un concepto en crisis desde hace décadas pero que de un tiempo a esta parte ha entrado en la conversación general. Una noción heteropatriarcal surgida en la modernidad que hoy se asocia a valores machistas. El dogma del genio intocable que no se puede criticar se desmorona.

Sobre la protesta en Barcelona

Performance de María Llopis y sus alumnas en el Museu Picasso de Barcelona, a principios de junio.

“La noción de genio es problemática al proponer que el arte está fuera de la construcción histórica, política y social en la que se encuentra. La obra no es algo que surge de una inspiración divina”, subraya Mabel Tapia, subdirectora artística del Museo Reina Sofía de Madrid, que plantea una revisión desde una perspectiva feminista. La historia del arte tampoco se mueve «a golpe de grandes nombres» aunque sea eso lo que nos han enseñado, añade el director del Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M) de Móstoles (Madrid), Manuel Segade.

“La historia del arte no se mueve a golpe de grandes nombres, aunque es lo que nos han enseñado”

«¿Por qué no cuestionar el lugar de Renoir en la historia del arte? Si lo haces, tiene sentido preguntarse si la pintora impresionista Berthe Morisot merece otro sitio», reflexiona. Igual que la Escuela de los Anales discute desde los años 70 del pasado siglo la historia de «los grandes hombres», un vistazo a la historia de las mujeres facilita hacer extrapolaciones al mundo del arte. “El mercado del arte y las colecciones son estructuras que permiten la aparición de la idea de genio, porque las mujeres no tenían ni legitimidad ni acceso a ellas», apostilla Damarice Amao, historiadora del arte experta en fotografía y una de las comisarias de la exposición que el Centro Pompidou de París le dedicó a Dora Maar en 2019.

Picasso, en 1957 en su mansión en Cannes.

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Un concepto obsoleto

«El concepto de genio es más decimonónico que actual. Se ha quedado completamente obsoleto. Ahora estamos en otra fase que pasa por tener en cuenta otras características. Personalmente creo que son consideraciones de tipo moral», resume Antònia Perelló, jefa de la colección del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba). El debate va más allá de la figura del artista intocable y se adentra en el papel que actualmente debe jugar el museo.

«De algunas funciones no podemos huir, porque el museo tiene que seguir siendo un lugar de conservación, de estudio y de difusión. Son obligaciones morales con la sociedad que heredamos del museo clásico, pero debe de ser un sujeto activo y comprometido con los problemas del presente», admite la conservadora del Macba. En este caso, además, es responsabilidad del centro elegir las obras que representarán a nuestra época en el futuro, mientras abre sus puertas a voces disidentes que promuevan la discusión. «Queremos huir de posiciones dogmáticas. Nuestras propuestas están sometidas al debate», apostilla Perelló.

Respetar o no las paredes del palacio
En esta discusión se perfilan dos grandes líneas: quienes ven las instituciones como aparatos de transformación social y quienes, desde una perspectiva más conservadora, defienden «respetar las paredes del palacio».

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“La respuesta de la museología crítica pasa por la contextualización. Así rompes la imagen del artista-genio con sus musas para situarlo en una relación más compleja», señala Segade, que incide en el hecho de que hay propuestas que no transmiten los valores de la sociedad a la que representan. Cita como ejemplo que Barcelona tenga tres grandes museos dedicados a hombres artistas –Picasso, Tàpies y Miró- y ninguno destinado a una artista. «Los hombres marcan los relatos y ahí hay un problema no solo de género sino etnográfico y colonial», añade aludiendo al vergonzante caso del llamado ‘negro de Banyoles’.

«Los hombres marcan los relatos y ahí hay un problema no solo de género sino etnográfico y colonial», subraya Manuel Segade, del Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M) de Móstoles

El feminismo, el movimiento MeToo, la lucha antirracista o las reivindicaciones de colectivos discriminados obligan a pensar en nuevos modos de exponer. «La reflexión va en dos sentidos: hacia el pasado y hacia el futuro. Uno de los grandes desafíos es construir narrativas diferentes», indica Mabel Tapia.

«En el caso de Picasso, el ‘Guernica’ es un caso particular, porque excede la relación autor-obra, pero en el resto de colecciones, tanto aquí como en otros museos, es fundamental una reflexión crítica de las construcciones historiográficas que se han hecho. No podemos seguir mostrándolo de la misma manera. No se trata de tirar la obra, sino de transformar los marcos de comprensión, tanto de las instituciones como del arte en general», agrega la responsable artística del Reina Sofía.

¿Se puede separar la obra del artista?

Otro dilema recurrente es si conviene separar la obra de su autor. El director del CA2M cita a Susan Sontag, a quien le parecía inmoral usar la biografía de los artistas para interpretar su arte –es decir, en el caso de Picasso implicaría decir que al cambiar de amante cambia de estilo–, pero veía legítimo usar la obra para interpretar su vida. «Deberíamos aplicar esa estrategia –señala Segade–, porque puedes leer ‘Mein Kampf’ [de Adolf Hitler] pero tienes que conocer el contexto».

En esta línea, y teniendo en cuenta que la historia está repleta de grandes purgas proscribiendo cierto tipo de arte, sería un error usar los mismos métodos. «No se puede desmontar la casa del amo con las herramientas del amo», prosigue Segade parafraseando esta vez a la escritora y activista afroamericana Audre Lorde.

Llopis, partidaria de diferenciar entre el artista y su obra, recuerda que toda la producción artística de los últimos siglos es «racista, misógina y violenta contra la infancia» y no por eso debe dejar de exponerse. «Pero tienes que hacerlo de otra manera», advierte.

Etapas del maltrato

En el caso de Picasso, Llopis plantearía una exposición con los retratos de Dora Maar mostrando la progresión «desde los primeros cuadros hasta los últimos, pasando por las diferentes etapas del maltrato». Se trataría, añade, de hacer una reflexión sobre lo que le sucede a una persona “cuando entra en una relación de maltrato que va anulando su personalidad”.

Dora Maar, vista por Picasso, «desde una perspectiva torturada» y cruel, en palabras de Siri Husvedt, en el segundo caso.

Según relata Arianna Huffington en el libro ‘Picasso: creador y destructor’ (1988), el pintor golpeaba con frecuencia a Dora Maar hasta dejarla inconsciente y muchos testigos señalan haber presenciado escenas violentas. Su nieta, Marina Picasso, tampoco es precisamente amable en sus memorias cuando habla de la relación que tenía con las mujeres. «Las sometía a su sexualidad animal, las domesticaba, las hechizaba, las devoraba y las aplastaba en sus lienzos. Después de pasar muchas noches extrayendo su esencia, una vez desangradas, se deshacía de ellas».

Olga Jojlova, en 1918 en la primera obra y en 1929 en la segunda, cuando Picasso ya estaba obsesionado con Marie-Therese Walter, a la que conoció con 17 años. Según Françoise Gilot, llegó a arrastrar a Olga por el suelo tirándola del pelo o le daba sedantes para calmarla.

«Picasso era conocido por establecer relaciones tóxicas no solo con sus amantes sino con sus hijos. No cuidaba ni a los niños ni a las parejas ni a nadie», apunta Llopis, cuya reivindicación es que en los libros de texto se diga que Picasso fue un gran artista y un maltratador. «Es un dato más, igual que pone que nació en Málaga». En todo caso, lamenta que la performance le haya dado publicidad a la figura de Picasso y ella haya visto cancelada su cuenta profesional de Instagram donde realizaba su trabajo. «En realidad no cambiamos nada», se queja.

«Picasso era conocido por establecer relaciones tóxicas no solo con sus amantes sino con sus hijos», señala María Llopis

¿Y qué pasa con la obra de Picasso? “No debería bajar de valor por este tema. Lo que quizás baja de valor es el magisterio moral del pintor. Picasso es lo suficientemente enorme como para mantenerse en todas las historias del arte que vengan pero contextualizarlo no está mal, igual que pones un audio-guía o un texto de sala. La neutralidad no es una opción”, argumenta Segade.

¿Hay resistencias? Sí, claro, admite Mabel Tapia. «La memoria histórica, el colonialismo y las cuestiones de género están ligadas. Es una reflexión transversal», comenta.

En opinión de Damarice Amao de manera general, sea con Picasso o con otros artistas, es bueno renovar los enfoques y cambiar el punto de vista geográfico y artístico. «Hay que desplazar la mirada para estimular la historia del arte. Hay mucho trabajo que hacer. Empezando por la forma de gobernar las instituciones. Pero ese es otro debate», resume la comisaria francesa.

Un genio que maltrataba las mujeres

La vida de Pablo Picasso siempre estuvo marcada por una serie de contradicciones. Una existencia en la que, por ejemplo, su genio y sensibilidad para mostrar al mundo el horror de la guerra convivieron con su ferocidad contra las mujeres.

Por estos días, esas paradojas, a ratos incomprensibles, se han hecho visibles a través de dos muestras: ‘Piedad y terror en Picasso: el camino a Guernica’, que se exhibe en el Museo Reina Sofía de Madrid; y ‘Olga Picasso’, que está expuesta en el Museo Picasso, de París.

Pablo Picasso y Olga Khokhlova

La vida de Olga Khokhlova, bailarina rusa de la compañía de Serguéi Diáguilev y la primera esposa del artista malagueño, es una de las pruebas del espíritu misógino del autor del ‘Guernica’.

Khokhlova estuvo en la vida de Picasso, de forma ininterrumpida, desde 1917 hasta 1935. Años en los que su existencia sufrió un permanente deterioro emocional debido al maltrato físico y a las infidelidades de su esposo.

¿Cómo entender ese afán destructivo que Picasso tenía hacia las mujeres? Una de las pistas está en la biografía escrita por la autora griega Arianna Stassinopoulos. En este libro se cuenta un pasaje de su adolescencia. Picasso tenía 13 años y su hermana Conchita, una de las personas más cercanas y queridas de su vida, fallecía de difteria. Durante el período de enfermedad, cuenta Stassinopoulos, Picasso encomendó la vida de su hermana a la divinidad. Después de su fallecimiento -dice-, Dios se convertiría en la fuerza maligna que mató a Conchita. La génesis de su amargura tenía cuerpo y rostro de mujer.

Los retratos de Khokhlova que se exhiben en la muestra ‘Olga Picasso’ grafican la manera en la que funcionó, a lo largo de toda su vida, -hasta convertirse en una especie de modus operandi- el desprecio que sentía por las mujeres.

‘Retrato de Olga en un sillón’ (la imagen que ilustra esta nota) es una de los cuadros icónicos de los primeros años del matrimonio entre Khokhlova Picasso. La Olga retratada, a finales de la segunda década del siglo XX, es una mujer llena de vida. Su mirada penetrante y su largo cuello contrastan con la imagen de ‘Olga pensativa’, donde aparece con rostro perdido, sumida en un mundo lleno de trazos grises.

Cundo Picasso pintó ‘Olga pensativa’, Khokhlova ya tenía que lidiar con la presencia de Marie Thèrése Walter, una adolescente de 17 años, que según se cuenta en el libro de Stassinopoulos, llegó a aceptar prácticas sádicas, que incluían quemaduras en el cuello con cigarrillos.

Los últimos retratos de Olga que pintó Picasso muestran el proceso antropofágico al que llevó a su esposa. Las imágenes de Olga leyendo o sosteniendo en su regazo a Pablo, su primogénito, fueron sustituidas por seres de rostros deformes y cuerpos mutilados.

En el libro ‘Picasso y las mujeres’, la autora española Paula Izquierdo sostiene que a Picasso las mujeres le producían un entusiasmo inicial que despertaba su creatividad, pero cuando la relación decaía la imagen de la mujer retratada se deterioraba hasta convertirla en un esperpento. Lo que pasó con Khokhlova se repitió con Francoise Gilot, la única mujer que lo abandonó y a la que, al final de su relación, pintó con el rostro partido.

Gilot se ha convertido en una de las fuentes más fiables de la misoginia de Picasso. A ella se suman personas que estuvieron en su entorno más cercano como su chofer y gente de su servicio doméstico.

Gracias a estas fuentes, Stassinopoulos descubrió que una de las mujeres que más había sufrido la misoginia de Picasso fue la fotógrafa surrealista Dora Maar. La violencia sexual que el artista ejerció con Dora llegó a extremos inimaginables. “En muchas ocasiones la dejaba inconsciente en el suelo después de golpearla”, cuenta.

Por su parte, Bernardo Laniado-Romero, historiador del arte de origen ecuatoriano y exdirector del Museo de Picasso, de Barcelona, sostiene que es lamentable que, en las últimas décadas, se hayan publicado un sinnúmero de apreciaciones reduccionistas que limitan la obra del artista a etiquetas y que evitan ver con profundidad la obra de este pintor. “Picasso, a lo largo de su larga carrera artística, se centra en la representación del cuerpo de la mujer. Su obra incluye todo tipo de temas, pero es este el que ocupa un altísimo porcentaje de su producción. No es de sorprender que sus múltiples experimentaciones con la representación de la realidad estén centradas en el cuerpo femenino”, sostiene.

La misoginia de Picasso no es un caso aislado en el mundo del arte. Nombres como los del escultor y poeta estadounidense Carl Andre suena con fuerza al momento de abordar este tema. Andre fue el esposo de la cubana Ana Mendieta, una de las artistas que mejor ha usado su cuerpo como herramienta de protesta contra el poder.

Este artista fue detenido acusado por el asesinato de su esposa, quien cayó por la ventana de su casa ubicada en el piso 34 de un edificio, en Nueva York.

Hasta hace algunos años, hablar de la misoginia en el arte era un tabú. Este silencio quizá responda a la mitificación que la sociedad contemporánea ha hecho de grandes pintores como Picasso. Las investigaciones de Izquierdo y de Stassinopoulos y la muestra ‘Olga Picasso’ han abierto la posibilidad de ampliar la lectura sobre la obra de este autor: Una obra que también puede ser vista como el diario de vida de su misoginia.