Se suponía que no debían ser amigos. Uno argentino, el otro brasileño. Uno en el Barcelona, el otro en el PSG. Los dos pelean por los mismos títulos continentales y mundiales, por similares galardones colectivos e individuales. Ese nivel de enfrentamiento, esa búsqueda de los mismos objetivos, se suponía, los tenía que separar. Estaban destinados a protagonizar una de las grandes rivalidades de nuestro tiempo. A pesar de eso, Messi y Neymar, que hoy una vez más se volverán a encontrar en un partido decisivo, construyeron una de las amistades más sólidas del fútbol mundial, un territorio en el que las súper estrellas no suelen dejar que las emociones imperen.

En algún momento, Messi entendió que su genio lo condenaba a la soledad. ¿Quién puede compararse con él en una cancha? El único candidato, lo sabemos, ya no jugaba hacía años. Entendió que acompañado, el camino se disfruta más. Y eligió. Algún otro hubiera optado por un jugador de rol, con menos luces, con ninguna chance de opacarlo. El arquero suplente, el marcador de punta, un central laborioso (Messi fue amigo de todo ellos también: Pinto, Dani Alves, Mascherano). Leo y Neymar decidieron juntarse como pares, casi como una necesidad, con naturalidad. Los distintos, juntos. Y a ellos se sumó un centrodelantero explosivo, incansable y luchador como Luis Suárez.

Primero hubo una comunión futbolística. Eso que en ningún momento consiguió Zlatan Ibrahimovic, Neymar lo logró de inmediato. Él y Messi hablaron un mismo idioma en la cancha. El del buen juego, la magia, lo sorprendente combinado con la eficacia. La búsqueda por la victoria permanente. En el medio, se hicieron amigos.

Pero si la amistad es un presupuesto anímico, que tiene que ver con los sentimientos, que nace de la identificación y de algo inefable, en este caso se podría afirmar que el inicio fue una operación intelectual; tuvo voluntad y raciocinio. Neymar supo que sin una buena relación con Messi, su vida en el Barcelona sería muy complicada. Messi entendió que ese diablo brasilero por la punta izquierda sólo podía potenciar al equipo, ayudarlo a ganar. Supo que aprovecharía cada asistencia que le diera, y que a él también le haría hacer muchos goles y que tirarían un millón de paredes. Después, cuando la pelota empezó a rodar, la fascinación de la maravilla. La posibilidad cotidiana de lograr lo imposible. Entendieron, comprobaron que juntos se divertían más (los chicos sólo quieren divertirse). Ese divertimento, después, lo trasladaron fuera de la cancha.

Luis Suárez, entre Neymar y Messi, el uruguayo se sumó a la dupla en una especie de Mercosur en el Barcelona.

Neymar llegó con muchos pergaminos, con todo el futuro delante, pagado en varias decenas de millones de dólares. La presión era enorme. Tenía que estar a la altura del mejor equipo del mundo. No era fácil, un gran desafío que se convirtió en un gran peso. La adaptación le costó. En uno de esos primeros días se puso a llorar en un rincón del vestuario. Había llegado para ser un figura y las cosas no le salían, debía justificar la fortuna que habían pagado por él. Además en ese equipo perfecto se notaba más si alguien no jugaba bien. Sentía que era el único instrumento desafinado de una orquesta perfecta. En uno de los primeros partidos de la temporada 2013, el astro brasileño había jugado un mal primer tiempo (en caso de que eso fuera posible). En el entretiempo la frustración lo abatió y las lágrimas aparecieron sin aviso. Él trató de disimular, que nadie lo notara. Pero, pasó lo peor, se dio cuenta el único que él no quería que lo hiciera. Messi se acercó a él. Hubo una vacilación, un instante de incertidumbre. Se sentó al lado y lo abrazó. “Vio que estaba medio llorando porque no había jugado un buen primer tiempo. Messi se dio cuenta que estaba triste y empezó a hablar conmigo: ‘Tenés que ser vos. Jugá tu fútbol y no te dejes intimidar’”, contó Neymar mucho después cuando le preguntaron de qué manera había empezado la amistad entre ellos. “Aunque uno no quiera, jugar con tantas estrellas te retrae. Te da como un poco de vergüenza”, dijo el actual jugador del PSG. “Después de que él me viniera a hablar, me comencé a soltar, a mostrar mi fútbol y a tener confianza. Fue cuando me relajé, encontré la felicidad. Gracias a Leo”. Alguna vez, recordando ese momento, Neymar se emocionó hasta llorar frente al periodista. “El mejor del mundo me dio su cariño”, dijo.

Ese fue el comienzo de una hermosa amistad.

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Messi podría haber ignorado a Neymar o haber mandado un emisario. Sin embargo, el mejor del mundo se acercó y le brindó confianza, lo instó a que se animase, a que arriesgara con su juego, a que le sacara protagonismo. En ese sacrificio (que funcionaba como contracara de la utilidad que tamaño crack podía brindar al equipo), Leo se arriesgaba a ser opacado. Algo probable si, además, se tiene en cuenta la personalidad expansiva, alegre y algo exhibicionista del brasileño. Pero Neymar fue el que hizo el mayor sacrificio; sabía que en el Barcelona ganaría mucho, que su juego se luciría pero también que nunca sería el número uno, que siempre, hiciera lo que hiciera, estaría a la sombra, tapado por el monstruo, por el serial mejor jugador del mundo.

Ninguno de los dos se dejó invadir ni por los celos ni por el espíritu competitivo. Se entregaron al cariño y al equipo. Podía suponerse que ya no jugando juntos, sin objetivo en común, la relación se enfriara y que cada uno se inclinara a la indiferencia o al enfrentamiento cuando les tocara jugar en contra, que se dejara ganar por la vocación de protagonismo y excelencia que los impulsa. Eso no sucedió.

Un tercer eslabón se sumó a este tándem. Luis Suárez, (aunque más prosaico) goleador voraz, se convirtió en el ladero inseparable de Messi. Los tres siempre andaban juntos, haciendo bromas, liderando el equipo, metiendo goles (y celebrándolos), ganando partidos y obteniendo campeonatos. En épocas en las que todo está dividido, en las que las diferencias parecen siempre irreconciliables, tres súper estrellas del fútbol, líderes de las tres potencias sudamericanas, de las potencias que hace más de un siglo protagonizan rivalidades encarnizadas, hacen culto de la amistad. Demuestran que se pueden enfrentar en un partido pero que eso no va a impedir que el cariño entre ellos se erosione. Tiempo atrás parecía imposible que una de las amistades más duraderas del fútbol estuviera protagonizada por un argentino, un brasileño y un uruguayo.

Football Soccer – Barcelona v Athletic Bilbao – Spanish La Liga Santander – Camp Nou stadium, Barcelona, Spain, 04/02/17 Barcelona’s Lionel Messi talks to team mate Neymar after scoring their second goal. REUTERS/Albert Gea

Cuando Neymar llegó al Barcelona y no lograba mostrar su juego, Messi se le acercó, lo abrazó y le dijo que jugara a su modo, que todo iba a salir bien. Así empezó la amistad. (Reuters)

Fue un festival de fútbol, eléctrico y generoso. Si en algún vicio recaían nunca era en el egoísmo. A veces se engolosinaban y seguían tocando, buscándose cuando la jugada ya clamaba por un final o por el pase a uno de los actores de reparto (que en otro equipo serían primerísimas figuras).

Messi tiene varios amigos en el fútbol. Parco y reservado supo confiar en varios de sus compañeros. El Kun Agüero, Ángel Di Maria, Javier Mascherano, Dani Alves, Pinto o Cesc Fabregas son algunos de ellos. Aunque con ninguno de ellos (tal vez la excepción sea Dani Alves) logró la conexión que tuvo con Neymar y Suárez.

El terceto MSN fue letal. Combinando los de cada uno, convirtieron más de 100 goles por año en tres temporadas consecutivas. Gerard Piqué comentó azorado que él nunca había visto tal nivel de compañerismo y desprendimiento entre grandes estrellas en el deporte profesional moderno. Hasta se rotaban para patear penales y tiro libres para que todos tuvieran su momento de protagonismo.

La relación del tridente ofensivo del Barcelona contrastó con la del otro gran crack, Cristiano Ronaldo. Si se los ponía a combatir todo el tiempo con goles, títulos, balones de oro y demás, por qué no en relaciones humanas. Tanto Messi como Cristiano dotados con genio para su actividad, no parecen tenerlas todas consigo en la vida de relación. Así que también debían competir en la categoría “Amistad”. Ahí hubo un rotundo ganador. Los periodistas consultaron sobre la relación Messi-Neymar al portugués, buscando alguna polémica, que la respuesta desatara una (nueva) confrontación. Cristiano respondió, algo molesto pero con sinceridad, que él no necesitaba merendar con Benzema ni que Gareth Bale fuera a su casa. Para él sólo había que valorar lo que sucedía en el campo de juego.

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La comparación es inevitable. Messi y Cristiano compitieron a veces calladamente, otras de manera más estentórea en los últimos quince años por el cetro. El único que pudo terciar en cuanto a rendimientos, eficacia y magnetismo fue Neymar

Quizá la manera de festejar cuando jugaban juntos era mucho más que un rito y algo más profundo que un mensaje. Era la única manera que entendían el juego. Los tres (porque se sumaba Suárez) se abrazaban en cada gol y con el brazo del otro por encima de sus hombres corrían a celebrar con el público. Cristiano sólo concebía ese momento como un one man show. No iba a compartir la foto con ningún compañero. Salto elegante y potente, mostrar el número, señalarse el pecho con énfasis. Él, él, él.

Sin embargo eso no le quita méritos a sus actuaciones. Al contrario. Es sólo una característica suya. Ese hambre, ese ansia de figuración, la vocación de destacarse del resto, la necesidad de no compartir el reconocimiento es su combustible diario. A veces es doble mérito: la mente ultra competitiva y voraz siempre encuentra tiempo para pensar cómo va a salir en la foto.

Pasados unos años, Neymar necesitó seguir su camino. Cumplir con su vocación de número 1. De ser el más admirado (y el mejor pagado). Tener un proyecto para liderar. Con Messi en el mismo equipo eso sería imposible. Ni siquiera en sus noches más gloriosas en las que su aporte se pareció a una hazaña (aquella remontada relámpago frente al PSG), Neymar logró hacer olvidar a Messi, o al menos compartir lo más alto del podio. Antes de tomar la decisión de partir, el brasileño se juntó con Messi y Suárez. Quería saber la opinión de ellos, que lo aconsejaran. Él expuso sus argumentos y sus deseos y ellos lo entendieron.

Sin embargo en cada mercado de pases ellos coquetean con la posibilidad de volver a reunirse. Hacen fuerza para compartir equipo una vez más. Antes era Messi el que lo esperaba en Barcelona; después de los últimos problemas en el club catalán, Neymar se ilusionó con que el crack argentino se instalara en la Ciudad Luz.

Frente al Real Sociedad o al Real Madrid, Messi conquistaba y festejaban juntos las tres figuras y amigos. Cristiano, en cambio, siempre festeja solo para la foto. Estilos distintos.

En un mundo ideal, Messi y Neymar deberían ser amigos. En este mundo (muy) imperfecto los dos cracks, contra todo pronóstico, son amigos. Se respetan, se quieren, hablan bien uno del otro pese a representar cada uno a dos potencias futbolísticas, tal vez el mayor clásico de selecciones del fútbol mundial.

Pero ellos no siguen a su tiempo, no alimentan rivalidades, ni extrapolan las ansias por ganar un partido. No priorizan la causa nacional sobre el afecto recíproco que sienten. Ignoran las tormentas mediáticas, no muerden el anzuelo de la polémica. Ni uno ni otro apelan a las declaraciones demagógicas ni al silencio cuando sus selecciones están por cruzarse. En esos casos reafirmen su cariño. No les importa que su público esté esperando la reafirmación de su sesgo.

Un par de semanas atrás, el 24 de junio, en medio de la competencia de la Copa América, en la que los equipos que ellos lideran eran los principales candidatos a obtener (favoritismo que confirmaron al llegar a la final), Neymar posteó una emotiva historia en Instagram en la que no deja dudas respecto a los sentimientos que lo unen a Messi: “Feliz cumple hermano! Que Dios te bendiga y tengas muchas salud para salir alegrando al fútbol… Te quiero hermano Leo Messi”. Estos adversarios no ocultan, como en política, su amistad, no temen hacerlo, pese a que en los dos países haya gente dispuesta a reprochársela ante la primera derrota (y más si es ante el rival clásico).

Que en el deporte moderno hiperprofesionalizado, absolutamente mediatizado, con la política presente en cada movimiento, con millones de dólares de por medio, las dos figuras más importantes del continente, capitanes y mejores jugadores cada uno de sus equipos, rivales acérrimos, ostenten y cultiven una amistad sana, sin competencias, generosa, que se alegra de los logros ajenos, que Messi y Neymar sean amigos y se dispensen afecto público, es una especie de milagro.

La amistad nacida en Barcelona se profundizó, pese a que integran equipos rivales y selecciones enfrentadas. Pese a todo ambos reivindican su relación en público y en privado en un caso atípico en estrellas del alto rendimiento deportivo (AP)

Antes los jugadores se amigaban después del retiro, cuando convertidos en leones herbívoros se reconocían como iguales, veteranos de las mismas batallas aunque en trincheras diferentes. Por eso uno podía ver a Poletti abrazado con Perfumo, luego de los feroces cruces de la Libertadores de los sesenta, o a Vilas y Clerc sentados en la misma mesa, cuando treinta años antes no podían compartir un equipo de Copa Davis. Por eso, esta amistad es un gesto bello, emocionante y hasta anacrónico. Pero absolutamente natural. No importa la diferencia de idioma, no importa qué camiseta o qué bandera defiendan; ellos viven lo que más quieren, el fútbol, de la misma manera. Y lo juegan como nadie.

Ni la lejanía ni la competencia (Barça Vs. PSG, Argentina Vs. Brasil) hirió la amistad, el cariño o la admiración. Cada uno sigue hablando bien del otro, mostrando su afecto en cada oportunidad que encuentran.

Ahora es el turno de la final de la Copa América. Uno de los dos va a festejar, el otro se pondrá (muy) triste. Pero antes y después del partido se van a abrazar, a comentar el mundo, a recordar risueñamente alguna anécdota (con la mano tapando los labios en caso de que haya cámaras), como si no hubiera distancia, como si se hubieran visto ayer.

Como sólo hacen los amigos.